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El matrimonio igualitario desata pasiones

Diego Ordóñez


El debate jurídico sobre la vía escogida por los jueces constitucionales de mayoría para dar paso al matrimonio igualitario, puede ser apasionante si se enfrenta con racionalidad, con responsabilidad y sin la contaminación de los ataques que usan lo jurídico como coartada para encubrir sesgos religiosos y aversiones homofóbicas.





La primera conclusión es que la Corte Constitucional está integrada por personajes de altura, distantes ética e intelectualmente de la corte cervecera de mercenarios pedestres del conocimiento y la integridad. Los dos razonamientos -el de los jueces de mayoría y el de minoría- son impecables: razonamientos lógicos, premisas nítidas. La sentencia -en el voto de mayoría y en el voto salvado- contiene discernimientos lúcidos y pedagógicos. En las declaraciones posteriores, el presidente de la Corte Constitucional, mi respetado exprofesor Dr. Hernán Salgado, reflexionó sobre lo que es evidente en la sentencia. Los magistrados no difieren en lo inevitable que es avanzar en reconocer legislativamente realidades de la sociedad, que tienen relación con la vigencia de los derechos que garanticen la dignidad de las personas libres de discriminación por sus opciones y preferencias sexuales. Los magistrados difieren en la calidad vinculante de la Opinión Consultiva y en el sistema de interpretación, en el que colisionan el sistema tradicional de interpretación literal y aquel en el que se interpretan las normas con una intención evolutiva, para acomodar y dar coherencia a conceptos y normas con la vigencia de los derechos de la persona. Para una y otra conclusión, las argumentaciones son sólidas. Pero siguen siendo sólo de forma. Lo de fondo es si se tiene que romper la rigidez mental y legislativa para reconocer y amparar el derecho de optar y de vivir con libertad, y hasta qué punto se abren más esos espacios de libertad.


Los conservadores conducen el debate a chocar contra los muros ideológicos de las iglesias. Creen que el debate es moral, dentro de  categorías religiosas. La homosexualidad, antes que  una condición es un defecto, es una inmoralidad como la pedofilia u otras perversiones, y la asocian con toda forma de promiscuidad. Los voceros y voceras de estas posturas enfrentan el debate con detestable estridencia y con la mística medioeval de una Cruzada. Se suman trogloditas que estiman esta lucha como expresión de hombría. Y están los despreciables, aquellos que desde su fango de inmoralidad, de infidelidad conyugal, de abandono parental, enmascaradas de hipocresía, defienden los valores de la familia, la fidelidad y los roles del hombre y la mujer que nos retrotrae a la historia remota.


Este debate nos enfrenta a sacar del armario, alumbrar formas de vida y de relacionamiento humano que han estado discriminadas y manchadas por juicios canónicos. En la Florencia renacentista, un superhombre denunciado por un rival, fue encausado por su preferencia sexual. Aunque la sanción legal fuere débil, para Leonardo Da Vinci la del desprestigio fue superlativa. El peso de la iglesia ha incidido en la concepción cultural de lo normal. Así como fue la esclavitud legal y moral, así como se cree que es normal la sumisión de la mujer (escuche con atención las promesas que hace la novia frente al altar). El peso del laicismo y la preeminencia de la libertad han ido calando en nuevos conceptos culturales que normalizan las formas de vida por las que se opta en ejercicio de la soberanía de la libertad. Claro que hay defensores de estas causas que confunden en medio de consignas izquierdistas: pero es mejor entenderlas como reivindicación de la libertad fundamental del ser humano de decidir.

Las sociedades deben mudar sus cánones. El aparecimiento del internet permitió a las minorías relacionarse y denunciar los abusos. En octubre de 1998 un joven gay de 21 años, Matthew Shepard, fue apaleado y amarrado vivo en una zona rural de Wyoming. Quienes lo encontraron lo confundieron con un espantapájaros. La denuncia de ese crimen execrable y la convocatoria en redes a expresarse, promovió una inmensa marcha. Pero aunque hasta ahora la familia no logra sepultar los restos del joven asesinado por miedo a represalias, mucho ha evolucionado el respeto por las opciones sexuales y la sanción por el odio y la homofobia.


Para quienes promovemos la libertad, es un gran reto ponerse del lado de estas reivindicaciones sin plegar a los fanatismo de quienes las impulsan; porque también lo hacen desde una inaguantable postura de superioridad y sin reconocer que el proceso demanda hacer pedagogía.

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